Después de una experiencia tan intensa como un terremoto, muchas personas descubren que el peligro no termina cuando deja de moverse la tierra. Aunque el evento haya pasado, el cuerpo puede continuar en alerta, la mente puede seguir anticipando una nueva amenaza y la vida cotidiana puede quedar suspendida por una sensación persistente de miedo, inseguridad e impotencia.
Aparecen entonces expresiones como: “No logro arrancar”, “no puedo concentrarme”, “no tengo fuerzas”, “me cuesta salir de casa” o “siento que algo malo volverá a ocurrir”.
Desde afuera, esta conducta puede confundirse con apatía, debilidad, falta de voluntad o desinterés. Sin embargo, en muchos casos se trata de una reacción vinculada con el impacto traumático: el sistema nervioso continúa comportándose como si la amenaza todavía estuviera presente.
Ante un peligro extremo, el cerebro activa respuestas automáticas de supervivencia. Algunas personas luchan, otras huyen y otras se paralizan. Esta última respuesta, conocida como inmovilización o freeze, reduce temporalmente la capacidad para actuar, decidir, organizarse y responder con eficacia.
No es una elección consciente. Es un mecanismo defensivo que puede resultar útil durante el evento, pero que se vuelve problemático cuando permanece activado después de que la emergencia ha disminuido.
Podríamos decirlo de una manera sencilla: El terremoto terminó, pero para muchas personas el cerebro todavía cree que está ocurriendo.
Cuando el organismo entra en estado de emergencia, la prioridad no es producir, crear, planificar o disfrutar. La prioridad es sobrevivir. Por eso pueden aparecer hipervigilancia, sobresaltos, alteraciones del sueño, pensamientos repetitivos, irritabilidad, miedo a permanecer en espacios cerrados, dificultad para tomar decisiones y una reducción significativa de la actividad cotidiana.
Esto no significa necesariamente que la persona haya perdido su fortaleza. Significa que su sistema de protección se ha quedado activado más tiempo del necesario.
El círculo de la parálisis
La parálisis suele mantenerse mediante un proceso progresivo. El evento genera miedo; el miedo conduce a evitar lugares, actividades o responsabilidades; la evitación produce inactividad; la inactividad reduce la sensación de capacidad personal; esa pérdida de confianza aumenta la inseguridad; y la inseguridad alimenta nuevamente el miedo.
El ciclo puede representarse así:
Terremoto → miedo → evitación → inactividad → inseguridad → más miedo → parálisis.
La evitación proporciona un alivio inmediato porque permite alejarse de aquello que provoca ansiedad. Sin embargo, ese alivio tiene un costo: puede enseñarle al cerebro que la situación evitada era verdaderamente peligrosa y que la persona no disponía de recursos para enfrentarla. De esta manera, el miedo se fortalece y el mundo cotidiano se vuelve cada vez más pequeño.
También conviene distinguir entre descansar y paralizarse. El descanso consciente permite recuperar energía, regular las emociones y prepararse para actuar. La paralización prolongada, en cambio, reduce la autonomía, debilita la confianza y puede agravar el aislamiento, la tristeza y la ansiedad.
Readaptarse no significa olvidar
Superar el impacto de una tragedia no exige negar lo ocurrido ni actuar como si nada hubiera pasado. Tampoco significa apresurar el duelo o imponer optimismo a quienes han sufrido pérdidas profundas.
La readaptación consiste en reconocer el dolor, recuperar progresivamente el funcionamiento y construir una nueva relación con la realidad.
La persona no tiene que volver exactamente a ser quien era antes. En muchos casos, eso no es posible. Lo que sí puede hacer es desarrollar una forma más consciente, flexible y preparada de continuar.
Una ruta para superarse
La recuperación puede organizarse alrededor de seis dimensiones fundamentales:
Recuperar la seguridad:
La seguridad comienza por reducir los riesgos reales y diferenciar el peligro actual del peligro recordado o anticipado. Para ello resulta útil disponer de información confiable, conocer los protocolos de emergencia, preparar un plan de respuesta, identificar zonas seguras, mantener contacto con personas de apoyo y garantizar, en la medida de lo posible, condiciones básicas de protección. No se trata de prometer que nada volverá a ocurrir, sino de fortalecer la percepción de que existen recursos para responder si fuera necesario.
Recuperar el equilibrio emocional
Después de una experiencia extrema, el organismo necesita disminuir gradualmente su nivel de activación. Esto puede favorecerse mediante respiración consciente, descanso suficiente, movimiento físico moderado, conversación con personas confiables, expresión emocional, momentos de silencio y reducción de la exposición excesiva a noticias, videos y contenidos alarmantes. Regularse no significa dejar de sentir. Significa evitar que las emociones alcancen una intensidad que impida pensar, cuidarse y actuar.
Recuperar la confianza
El trauma puede hacer que la persona se perciba frágil, indefensa o incapaz. Por eso es importante recordar que, además de lo perdido, todavía existen capacidades, conocimientos, vínculos, experiencias y recursos que permanecen disponibles.
Conviene realizar un inventario de fortalezas: ¿Qué sé hacer? ¿A quién puedo llamar? ¿Qué dificultades he superado anteriormente? ¿Qué recursos materiales, emocionales, familiares o espirituales conservo?
La confianza no se recupera repitiendo frases vacías, sino reconociendo recursos reales y utilizándolos de manera gradual.
Recuperar la adaptabilidad
La realidad puede haber cambiado y, con ella, las rutinas, prioridades, planes y posibilidades.
Adaptarse no significa aprobar lo ocurrido ni resignarse pasivamente. Significa reconocer las nuevas condiciones y aprender a responder de forma flexible.
Esto puede requerir modificar horarios, redistribuir responsabilidades, cambiar temporalmente de vivienda, reorganizar el trabajo, solicitar ayuda o abandonar expectativas que ya no corresponden con la situación actual.
La rigidez aumenta el sufrimiento. La flexibilidad permite encontrar alternativas.
Recuperar la eficacia
La eficacia se recupera cuando la persona vuelve a experimentar que sus acciones producen resultados.
Al principio, esos resultados pueden ser pequeños: ordenar una habitación, preparar una comida, realizar una llamada, cumplir una diligencia, caminar unos minutos o completar una actividad laboral sencilla.
Cada acción posible envía un mensaje importante al cerebro: “Todavía puedo hacer algo. No estoy completamente indefenso. Mis decisiones continúan teniendo efectos”.
Esa experiencia de dominio gradual es uno de los caminos más sólidos para debilitar la sensación de impotencia.
Recuperar el propósito
Las tragedias no solo alteran la seguridad física. También pueden quebrar proyectos, expectativas y significados personales. Después de una pérdida importante, muchas personas se preguntan: “¿Para qué seguir?”, “¿qué sentido tiene comenzar de nuevo?” o “¿cómo continúo después de lo ocurrido?”.
Recuperar el propósito no significa encontrar una explicación perfecta para la tragedia ni afirmar que todo sucede por una razón. Algunas experiencias son dolorosas, injustas y difíciles de comprender.
El propósito consiste en descubrir una razón suficientemente valiosa para continuar: cuidar a la familia, ayudar a otros, reconstruir un hogar, recuperar la salud, terminar un proyecto, honrar la memoria de alguien, servir a la comunidad o convertir el dolor vivido en aprendizaje y solidaridad.
Cuando la persona vuelve a conectar con algo que considera valioso, la energía psicológica comienza a organizarse alrededor de una dirección.
El propósito no elimina el sufrimiento, pero evita que el sufrimiento sea lo único que defina la existencia.
El primer paso no tiene que ser grande
Uno de los errores más frecuentes es esperar a sentirse completamente bien para comenzar a actuar. Después de una experiencia traumática, esa espera puede prolongar la inmovilidad.
Con frecuencia ocurre lo contrario: la persona comienza a sentirse mejor después de retomar gradualmente ciertas acciones.
No se trata de obligarse a rendir como antes o desconocer los límites emocionales. Se trata de avanzar mediante pasos pequeños, seguros y repetidos. Siendo así, una llamada puede ser un comienzo. Una caminata puede ser un comienzo. Preparar una comida puede ser un comienzo. Conversar con alguien de confianza puede ser un comienzo. Retomar una hora de trabajo también puede ser un comienzo. La confianza no siempre precede a la acción. Muchas veces se construye actuando.
No todas las personas necesitan el mismo mensaje
Es indispensable evitar las generalizaciones, pues no vive la misma situación quien experimentó miedo intenso pero no sufrió pérdidas, comparado con quien perdió su vivienda, quien resultó herido o quien atraviesa la muerte de un familiar.
A las personas en duelo profundo no se les debe presionar para que “pasen la página”, “sean fuertes” o “piensen positivamente”. En las primeras etapas, se les puede acompañar, escuchar, proteger, ayudar con necesidades concretas y permitir la expresión del dolor. Luego el resto.
El sufrimiento necesita ser reconocido antes de poder ser transformado.
También debe buscarse ayuda profesional cuando la parálisis es intensa, se mantiene durante un tiempo prolongado, impide el cuidado personal, produce aislamiento extremo, ataques de pánico, consumo problemático de sustancias, desesperanza profunda o ideas de muerte.
Pedir ayuda no representa debilidad. Es una forma responsable de protección y recuperación.
Volver a vivir
La resiliencia no consiste en olvidar lo vivido ni en dejar de sentir dolor. Consiste en impedir que el miedo se convierta en el director permanente de la vida.
Un terremoto puede alterar ciudades, hogares, vínculos y proyectos, y también puede modificar temporalmente la percepción de seguridad. Pero el ser humano dispone de capacidades extraordinarias para reorganizarse, aprender, apoyarse en otros y reconstruir sentido.
Tal vez una persona no pueda correr todavía ni caminar con seguridad. Pero puede comenzar levantándose, respirando, reconociendo lo que conserva y dando un primer paso posible. Porque muchas veces la recuperación no comienza cuando desaparece completamente el miedo.
Comienza con miedo. Decide moverte y dar pasos pequeños.
Dr. Renny Yagosesky
Psicólogo Clínico, MSc& PhD en Psicología,
Conferencista y Escritor
